Pablo Cerezal
(Madrid, 1972)
(Madrid, 1972)
Escritor, articulista y guionista. Irrumpe en el panorama literario con su novela Los Cuadernos del Hafa (Ediciones Carena, 2012), escrita con una prosa atrevida y de elevada calidad. Este año se ha publicado en Bolivia (y lo hará, en breve, en España) Madrid-Cochabamba (cartografía del desastre) (Editorial 3600), volumen de crónicas escrito a cuatro manos junto al galardonado autor boliviano Claudio Ferrufino-Coqueugniot. Su palabra toma vida en los líricos y mordaces artículos de sus blogs Postales desde el Hafa y Vislumbres de El Dorado. Ha participado en la antología de poesía erótica Erosionados (Origami, 2013), y en El Descrédito. Viajes Literarios en torno a Louis-Ferdinand Céline (Lupercalia, 2013), antología que rinde homenaje al controvertido autor francés, así como en la mítica publicación Vinalia Trippers. Asesor de guion en el premiado documental Quinuera (Rodante Films, 2014), y activo colaborador en numerosos medios escritos, como Frontera D (España), La Razón (Bolivia), Red Marruecos (Marruecos) y Esto no es una revista (Argentina).
¿De qué le salva la poesía?
A la poesía, como al resto de sensaciones
que me importan, creo que la tengo sobrevalorada. A mí, personalmente, como el
resto de cosas que me importan, no me salva de nada, excepto, quizás, de eso
que hoy se considera cordura.
¿Un verso para repetirse siempre?
“Que la vida iba en serio
uno lo empieza a comprender más tarde”
¿Qué libro debe estar en todas las
bibliotecas?
Contando con que aborrezco cualquier tipo
de imposición, no dejo de recomendar, a toda biblioteca que de tal quiera
preciarse, tener disponibles siempre al menos un par de copias de Mortal y rosa (Francisco Umbral).
Me refiero, por supuesto, a las bibliotecas
públicas… eso aún existe, ¿verdad? De la biblioteca pública a la particular
sólo hay un paso: dejarse atravesar las pupilas y la vida por el navajazo
lírico de dicho libro. Una vez hecho esto, se buscarán las mañas para
desembolsar su precio y hacer que un ejemplar te acompañe de por vida.
Amor, muerte, tiempo, vida…, ¿cuál es el
gran tema?
Alguien olvidó el sexo al escribir esta
pregunta. Temas sobrevalorados, todos.
¿Qué verso de otro querría haber escrito?
Más que haber escrito versos de otro,
preferiría ser verso, si es que eso fuese posible. Tal vez lo sea. Uno de los más
grandes poetas de este país me dijo que un hijo es el mejor verso que uno puede
escribir, y mi Munay cada día me parece más lírico. La esperanza es lo último
que se pierde.
¿Escribir, leer o vivir?
Podría morir sin haber leído o escrito ni
un solo párrafo, siempre y cuando tuviese seguro el haber vivido. Eso ya lo
dijo, más o menos parecido, Thoreau. Lo sé y lo agradezco. Sinceramente, me
propongo, como hacía Henry Miller, leer menos cada día. Si llego a cumplir tal
promesa, mi salud se verá recompensada. Aunque me temo que, como al autor
norteamericano, es otra de las mil contradicciones que me habitan.
¿Dónde están las musas?
En cualquier lugar en que Ella se encuentre.
¿Qué no puede ser poesía?
Las cifras del desastre con que los
poderosos engordan sus nóminas a costa de nuestra desesperación.
¿Cuál es el último poemario que ha leído?
Aún intento recuperarme de la pedrada de
lucidez y melancolía con que he desangrado mi sien “Ventajas de estar en la
ruina”, de Emilio Losada. Un autor que parece, afortunadamente, personaje
inventado. No dejen de leerlo.
Si todos leyéramos versos, el mundo…
…sería mujer.
Tres autores para vencerlo todo.
Considerando que mañana podría citar a
otros tres distintos, y que toda victoria es sólo un peldaño hacia una nueva
derrota:
Leonard Cohen vence mi gana de melancolía,
Rimbaud mi estupor cuando me siento otro,
Umbral mi miedo a los párrafos barrocos que
escribo,
en las antípodas de lo impuesto en talleres
de escritura creativa
y cosas del estilo.
Lo sé, no es vencerlo todo. Pero ya es
bastante.
¿Papel y lápiz, teclado o smartphone?
Me encantaría poder decir que escribo
siempre a mano, creo que quedaría muy bien eso. Pero peco de sinceridad. Así
que: a mano, únicamente esbozo ideas que luego pretendo concretar aporreando el
teclado informático. Sigo amando los acordes de mi vieja Olivetti, pero se me
arruinó de manera definitiva, y ahora sólo la contemplo dormida, de tanto en
tanto. El smartphone ni por asomo. Mis dedos están demasiado deteriorados como
para pulsar correctamente su teclado virtual… además, prefieren pulsar otros teclados
más tiernos y menos virtuales, qué le vamos a hacer.

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