Sonia Betancort
(Santa Cruz de Tenerife, 1977)
Estudió Humanidades, y es Doctora en Literatura Española e Hispanoamericana, doctorándose con la tesis “Oriente no es una pieza de museo. Jorge Luis Borges y las culturas de la India". En este campo, es autora de varios artículos y libros de crítica literaria. En Salamanca publicó su primer libro de poemas: “Intima Exigencia”(2000), y conoció a un grupo de yoguis, equilibristas y poetas, con los que compartió cinco años en la Tertulia Literaria Atril, para cuya editorial y revista colabora y ha editado diversas obras. También participa en numerosas antologías y otras revistas electrónicas y en papel.
Entre el año 2002 y el 2009 vivió entre España y Buenos Aires. Además ha realizado estancias cortas en Chile, Uruguay, Brasil, Perú y Nueva York. Entre el año 2007 y el 2009 estudió teatro (actuación) en Buenos Aires. En ese campo, ha trabajado en varios cortometrajes y proyectos teatrales. En el año 2009 regresó a España y presentó su libro "El cuerpo a su imán" (Madrid, Amargord), y desde entonces es Profesora de Literatura en la universidad y critica literaria.
Actualmente reside en Madrid y acaba de publicar Para ver la llanura (Venezuela, 2014), Seis poemas para Mary Jane (México, 2014) y Contramantes (o la soledad del alfil), escrito en colaboración con Rubén Tejerina. En mayo de 2015, mes del nacimiento de Audrey Hepburn, publicó La sonrisa de Audrey Hepburn con Vaso Roto.
¿De qué le salva la poesía?
La poesía me ha salvado muchas veces, sobre todo, de mí misma… y
también de los demás jajajaja… Salva porque es inocente y peligrosa, valiente y
sincera, te tira hacia la profundidad y claro, te enseña. Todas estas cosas de
ella me salvan. Cuando todo oscurece, creo en ella, en su poder visionario, en
su golpe intuitivo.
¿Un verso para repetirse siempre?
“Siempre” es
una palabra que paradójicamente cambia, prefiero el “ahora”. Ahora, “para
siempre”, estos: “La criatura de isla trasciende siempre al mar que la rodea y
al que no la rodea.” Dulce María Loynaz
¿Qué libro debe estar en todas las
bibliotecas?
Cualquiera
que despierte la necesidad de seguir leyendo y la curiosidad por otros libros.
Amor, muerte, tiempo, vida…, ¿cuál es el
gran tema?
Lo que no
podemos decir.
¿Qué verso de otro querría haber escrito?
Más me
gustaría haber vivido lo que dicen muchos versos.
¿Escribir, leer o vivir?
Para mí son
sinónimos.
¿Dónde están las musas?
Escapándose,
pues es cierto, al menos para mí, que uno no controla cuándo escribir un poema,
es más bien una necesidad que aparece y no puedo evitarla, necesita liberarse,
está ahí desde la infancia. Pero también sucede que quiero escribir, y
entonces, las musas suelen estar sentaditas en el trabajo, en la tarea, en la
trama, en el oficio. Para llamarlas a levantarse leo, o pongo música, cualquier
ritual que me conecte con la emoción esa que fue necesidad primero.
¿Qué no puede ser poesía?
Nada.
¿Cuál es el último poemario que ha leído?
La herida en la Lengua de Chantal
Maillard, Lo extraño, la raíz de
Menchu Gutiérrez y Mediodía en Kensington
Park de Javier Sánchez Menéndez. Los tres a un tiempo, haciendo zapping.
Si todos leyéramos versos, el mundo…
tal vez sería
más consciente , más empático y más humano. Pero también pienso que hubo un
tiempo en que los versos eran el lenguaje por antonomasia –me refiero al Siglo
de Oro, por ejemplo— y había inconsciencia y falta de humanidad. Desde luego,
sí es cierto, como dicen algunos versos de Rodolfo Fogwill (“Llamado por los
malos poetas”) que hoy se necesitan más poemas y poetas como incitaciones a
vivir. Oficinitas, políticos, burócratas, sobran. Hoy la poesía tiene el poder
del lenguaje de la subversión porque invierte los caminos del mercado, habla de
lo que no tiene voz y proyecta otra realidad, otra vida. Por eso es “la palabra
amenazada”, como dice Ivonne Bordelois, y por eso es más necesaria que nunca, porque
es el lugar en el que lenguaje se entraña y extraña, un ejercicio que nos hace
muy poderosos, empáticos y libres.
Herman
Hesse, J.L. Borges y Djuna Barnes.
¿Papel y lápiz, teclado o smartphone?
Teclado
–ordenador— y a veces, para apuntes, blackberry –que me recuerda al teclado del
ordenador. Pero siempre llevo conmigo un cuaderno pequeño porque los lugares de
tránsito y la limitación de no estar en un lugar cómodo para escribir son
excelentes invitaciones a la escritura, digo, a lo Freud, que “el límite alimenta
el deseo”.

Sonia que palabras bonitas...
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