José Óscar López
(Murcia, 1973)
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| Foto de Elena Merino. |
Es autor del largo y alucinado poema
épico, o road movie en verso, Vigilia del asesino (Celesta, Madrid, 2014) y del
poemario Llegada a las islas (Baile del Sol, Tenerife,
2014). Como narrador es autor del libros de relatos Los monos insomnes (Chiado,
Madrid, 2013).
También ha publicado Nosotros, los telépatas (plaquette en formato electrónico con
dos relatos, Suburbano, Miami, 2013), y ha participado con un extenso relato,
“Armas de fuego místico”, en la antología colectiva Extraño Oeste (Libros del Innombrable, Barcelona,
en prensa). Sus narraciones y poemas han
aparecido en revistas como La bolsa de pipas o Hache,
y en websites como Los noveles, Las afinidades
electivas o La nave de los locos. Ha colaborado como
crítico y ensayista en antologías colectivas como Los Supremos.
Superhéroes y cómics en el relato hispánico contemporáneo (El Cuervo,
Bolivia, 2013), y en revistas como El coloquio de los perros, Deriva o Quimera.
¿De qué le salva la poesía?
Del
aburrimiento y del mal. Del lenguaje que no sirve al lenguaje, de la vida que
no sirve a la vida.
¿Un verso para repetirse siempre?
Uno que mute
a cada instante. Ahora mismo se me ocurre uno, de una canción de Sr. Chinarro,
que me encanta: “Hay agua viva en el lavabo”. Bueno, uno más definitivo,
espere…. Sí, estos versos de Shakespeare: “La vida es una sombra... Una historia
contada por un necio, llena de ruido y furia, que nada significa”
¿Qué libro debe estar en todas las
bibliotecas?
No me
obligue usted a elegir, yo solo soy monoteísta en el amor. Al hilo de la
pregunta anterior, uno mutante que comprenda y abarque todos los demás. No creo
en el número uno, a partir del dos todo empieza a ser más divertido. Una de las
cosas que más me fascina de las bibliotecas es la alegoría que construyen del
triunfo de las voces distintas y multiplicadas, de la innumerable pluralidad.
Bueno, venga, uno: El libro del
desasosiego de Fernando Pessoa.
Amor, muerte, tiempo, vida…, ¿cuál es el
gran tema?
El mal en la
narrativa. Y en la poesía su reverso, esto es el amor. Porque la poesía debe ir
al grano. Todo lo demás, parafraseando a Dante, gira en torno del amor.
¿Qué verso de otro querría haber escrito?
Muchísimos.
Cuando intento escribir poesía , la prueba definitiva para dar por bueno un
verso es que no parezca que lo haya escrito yo. Voy a decirle uno que se me
ocurre ahora, del Conde de Villamediana: “La tierra llora pues el cielo canta”.
¿Escribir, leer o vivir?
Todo
mezclado y agitado. Al final se trata de la misma borrachera.
¿Dónde están las musas?
Donde duela,
tengas miedo o sientas asombro.
¿Qué no puede ser poesía?
Los propios
poetas. Es de justicia (poética).
¿Cuál es el último poemario que ha leído?
La edad de merecer de Berta García Faet.
Bueno, es una relectura. Un libro excepcional, mi poemario preferido en lo que
va de año –o en dura pugna con el último de Julieta Valero, Que concierne.
Si todos leyéramos versos, el mundo…
Dudaría más
y estaría más abierto a la conversación y a la belleza. Y al silencio y a la
belleza
Tres autores para vencerlo todo.
Si digo Homero,
Shakespeare o Kafka suena obvio. Le diría los autores que me quedan por leer, dicen
que llega un momento en que uno prefiere releer y supongo que yo no quiero
hacerme viejo. Ahora estoy en modo leerlo-todo de Don DeLillo o de Gonçalo
Tavares, por ejemplo. Claro que esta es una revista de poesía y no hay nada más
peligroso que recomendarle una novela a un lector de poesía, no sé por qué pasa
esto pero por mi experiencia suele ser así. Vale, tres poetas: el anónimo y
múltiple del Romancero, el que compone la constelación de los Siglos de Oro y Juan
Ramón Jiménez.
¿Papel y lápiz, teclado o smartphone?
Soy un
yonqui del cuaderno y el bolígrafo. Y cuando llega la hora de volverse loco
pasando a limpio y poniendo orden, el teclado y mucho café.

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