RAMIRO
ROSÓN
(Tenerife,
1989)
Licenciado en Derecho y con un Máster en Uso y Gestión del
Patrimonio Cultural por la Universidad de La Laguna, también escribe teatro,
narrativa y crítica literaria. Ha publicado los libros La desgracia de Orfeo y el desdén de Colombina y Tratado de la luz (Ediciones Idea). Ha
participado en encuentros y ciclos de poesía, y ha colaborado con los proyectos
plásticos Armario de luces y sombras, acompañado de testamento ológrafo y
otros enigmas (2011) y Cuestiones ineludibles: una poética del
silencio (2015), del escultor Román Hernández. Sus poemas, críticas y
traducciones del inglés y del italiano han aparecido en revistas y suplementos
culturales. Participa en la antología griega de poesía hispánica de la
editorial helena Vakxikon (2014). Recibió el XXVIII premio de poesía Emeterio
Gutiérrez Albelo por su poemario La
simiente del fuego.
La poesía me salva de la
despersonalización, de la pérdida de identidad a la que nos aboca el
capitalismo enfermo en que vivimos. Pero sobre todo me ha enseñado a no
confundir el valor de las cosas con su precio, regalándome un espacio de
crítica y lucidez frente a la ceguera de un mundo obsesionado con la
rentabilidad.
¿Un
verso para repetirse siempre?
Uno de los versos más
lúcidos e intensos de Rilke: ¿Quién habla
de victorias? Resistir lo es todo. Nos enseña que la sabiduría, por encima
de todo, consiste en soportar los momentos difíciles de la vida con serenidad y
fortaleza.
¿Narrativa,
teatro, ensayo… o sólo poesía?
Actualmente practico varios
géneros literarios: poesía, teatro y narrativa, a lo cual hay que sumar la
crítica literaria y la traducción. No cierro mi puerta a ningún género de
antemano, pues todos pueden servirme en algún momento para expresar mis
inquietudes.
¿Qué
otras disciplinas artísticas practicas?
Desde la primera infancia
practiqué con asiduidad el dibujo, y en la adolescencia aprendí a pintar al
óleo de forma autodidacta. Pintaba sobre todo escenas de la mitología griega,
músicos tocando instrumentos de cuerda y enamorados volando como en los cuadros
de Chagall. Hoy en día confieso que he dejado bastante de lado esa faceta
plástica, en parte por mi dedicación a la escritura y en parte por no disponer
de tiempo suficiente para todo lo que me gustaría hacer.
¿Cuándo
comenzaste a escribir poesía?
Sobre los dieciséis años.
¿Qué
crees que define tu obra?
No sé si el autor es la persona
más indicada para definir su propia obra. Supongo que se trata de una búsqueda
incesante, en la que se persigue el lenguaje idóneo para expresar una
determinada visión del mundo. Comencé escribiendo una poesía clasicista, bajo
la influencia del Siglo de Oro y la generación del 27. Más tarde el
romanticismo y el simbolismo se convirtieron en mis referentes básicos, y en la
actualidad estoy escribiendo una poesía ecléctica, que trata de integrar mis
experiencias vitales con las fuerzas de la imaginación y del sueño.
¿Crees
que existe en las islas un estilo propio, una manera particular de hacer poesía?
Creo que no se puede hablar
de un estilo propio de las islas, pero sí de un cierto influjo de la naturaleza
y la sociedad isleña a la hora de escribir poesía, que en cada autor se
trasluce de una determinada manera. Todos reflejamos en mayor o menor medida el
entorno donde nos hemos criado, aunque sólo sea por mera oposición a los
valores que representa. En el panorama de la poesía canaria actual predomina una
variedad de estéticas que me parece de gran interés, pues refleja cómo se puede
escribir en un mismo territorio desde muy diversos puntos de vista.
¿La
poesía está de moda?
Parece que en los últimos
años se ha dado un cierto auge de la poesía en España, con algunos libros que
han superado los bajos niveles de ventas habituales en este género literario. Sin
embargo, no se debe confundir la poesía de calidad con letras de canciones que
no podrían sostenerse sin música –aunque los grandes cantautores dominan tan
bien la poesía como la música y llegan a crear verdaderos poemas cantados– o
con diarios adolescentes escritos en verso. La poesía no puede reducirse a una
mera confesión de sentimientos, pues ha de enfrentarse a la tarea de reinventar
el lenguaje y dialogar con la tradición si no quiere convertirse en flor de un
día. Emoción e inventiva se conjugan en todo buen poema para dar un sentido más puro a las palabras de la
tribu, como decía Mallarmé. Pese a todo, si esta moda favorece que un
público creciente se interese por la poesía y comience a descubrir buenos
autores más allá de títulos puramente comerciales, no puede considerarse una
mala noticia. Al mismo tiempo, se están organizando cada vez más recitales,
micros abiertos, jam sessions de
poesía y actividades similares, lo cual me parece necesario y positivo, pues de
este modo se recupera el hábito de la escucha, de prestar atención a la voz del
poeta, y se crean espacios para la palabra poética más allá de las
instituciones oficiales de la cultura.
¿Crees
que faltan referentes en la poesía?
De ningún modo. Toda la
historia de la literatura, desde el poema de Gilgamesh hasta la actualidad más
rabiosa, nos mira desde el silencio de las bibliotecas y los pasadizos
virtuales de Internet. Cada uno elige sus referentes según sus intereses y
afinidades, sabiendo que jamás podrá leer todos los libros, y esta variedad de
referentes ha originado la diversidad de estéticas que impera hoy en día. Por
otro lado, creo que en la actualidad contamos con grandes poetas vivos en
España, de los que podemos aprender valiosas lecciones de escritura. Pienso en
algunos nombres como Antonio Gamoneda, Olvido García Valdés o Juan Carlos
Mestre, que han sabido mantenerse fieles a su propia voz más allá de grupos y
escuelas.
¿Qué
pretende uno cuando escribe?
Alejarse de toda impostura
para crear, como decía Machado, unas pocas
palabras verdaderas.
¿Qué
libro debe estar en todas las bibliotecas?
Las Meditaciones de Marco Aurelio. La filosofía estoica del sabio
emperador nos enseña a aceptar el mundo tal como es, con su carga de males
inevitables, pero también a dominar las emociones para fortalecernos y a dejar
de lado los asuntos superfluos para centrarnos en las cuestiones esenciales de
la vida. Por ello creo que se trata de un libro imprescindible.
Amor,
muerte, tiempo, vida… ¿cuál es el gran tema?
El gran tema –y quizás, en
el fondo, el único– es el ser, el misterio irresoluble de la existencia, el
asombro y la extrañeza que nos despierta el hecho de estar en el mundo,
intentando averiguar quiénes somos, de dónde venimos y a dónde vamos. Amor,
muerte, tiempo y vida son algunas de sus principales facetas, que la poesía
refleja como los destellos del sol en el agua de un río, guardando siempre la
misma esencia bajo unas apariencias cambiantes.
¿Qué
verso de otro querrías haber escrito?
Uno de Hölderlin: donde crece el peligro también crece lo que
salva.
¿Escribir,
leer o vivir?
Hay que vivir, leer y
escribir, en este orden de prioridades. En primer lugar, la experiencia vital
es la materia prima básica de la escritura, sin la cual no puede haber creación
poética. A continuación, leer lo que otros han escrito a lo largo de la
historia nos ayuda a aprender el lenguaje de la poesía (es decir, las técnicas
necesarias para expresar pensamientos y emociones de manera creativa). Por
último
¿Dónde
están las musas?
Donde nos olvidamos de
buscarlas, en situaciones y lugares imprevistos o en lo más cotidiano y
previsible que forma parte de nuestras vidas.
¿Qué
no puede ser poesía?
Prácticamente nada, pues se
trata de un campo que no puede acotarse sin dejar siempre alguna parte fuera de
los límites establecidos. Como diría Terencio, la poesía es humana y nada de lo
humano podría serle ajeno. Todo el ámbito de la experiencia humana, de nuestros
gozos y dolores, de nuestros anhelos y desengaños, le pertenece y no duda en
reclamarlo para sí misma cuando quiere convertirlo en poema.
¿Cuál
es el último poemario que has leído?
Un
árbol en Rodmell, de
la poeta canaria Raquel Martín Caraballo. Se trata de una hermosa meditación
poética sobre tres escritoras suicidas (Virginia Woolf, Sylvia Plath y
Alejandra Pizarnik) cuyas afinidades biográficas y literarias acaban
entrelazándose en un destino común.
Si
todos leyéramos versos, el mundo…
No sé si sería
necesariamente mejor. En el siglo pasado, la experiencia de las dos guerras
mundiales y del Holocausto nos enseñó que la cultura no siempre consigue
salvarnos de la barbarie, pero sólo desde la cultura, por suerte o por
desgracia, podemos adquirir los códigos éticos y las herramientas intelectuales
que necesitamos para evitarla. En todo caso, hoy en día debemos plantearnos
cómo la poesía puede contribuir, desde sus humildes márgenes de acción, a detener
esa amenaza que ahora vuelve con los movimientos neofascistas en toda Europa,
para que el fruto horrible del odio, como escribió Primo Levi en los muros de
Auschwitz, no dé nueva simiente, ni
mañana ni nunca.
Tres
autores para vencerlo todo.
Hölderlin, Rimbaud y Apollinaire.
¿Papel
y lápiz, teclado o smartphone?
Cualquiera
de las tres opciones me resulta válida según las necesidades del momento: el
papel y lápiz para comenzar la tarea de escribir un poema, anotando las
primeras ideas que me llegan a la cabeza; el teclado, para transcribir los
textos una vez que los doy por acabados; el smartphone,
para cuando estoy en la calle, se me ocurren algunas palabras o versos como un
fogonazo repentino y no tengo nada más al alcance de la mano para anotarlos.

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