Cecilia Quílez
(Algeciras,
1965)
Tiene publicados siete libros de poemas: “La posada del dragón” (Ed.
Huerga & Fierro) “Un mal ácido” (Ed. Torremozas), “El cuarto día” (Ed. Calambur),
“Vísteme de largo” (Ed. Calambur) y “La hija del capitán Nemo” (Ed. Calambur),
“Ecruturaciones” (Ed. Poética peatonal. Colección Ejemplar Único con pinturas
de Gabriel Viñals) y el recientísimo “OffLine, del otro lado” con fotografías
de Santos Perandones (Ed. Amargord). Próximamente publicará “Caligrafía de la
necesidad” con Bartleby Editores.
Ha colaborado en programas
de radio y coordinado exposiciones de pintura y escultura y los catálogos de
éstas. Tiene relatos y artículos publicados en diversas revistas así como
algunos prólogos. Ha participado en diferentes jornadas sobre literatura en
conferencias nacionales e internacionales, festivales de poesía y programas de
televisión y radio. Está incluida en numerosas recopilaciones y antologías.
Algunos de sus poemas han sido traducidos al inglés, italiano, portugués, árabe
y holandés. Así mismo, sus obras han obtenido numerosas críticas en suplementos culturales y revistas
de literatura.
¿De qué le salva la poesía?
La poesía alivia a quien la escribe en primer
lugar porque cauteriza la nostalgia o el horror vacui de una existencia que
precisa asimilarse, una autopsia que nos dé las claves para ser recordada como
un gran momento o incinerarlo. Cuando escribo aspiro a identificar esto en la
mirada del otro, aunque me sigue persiguiendo la contradicción de mi tenacidad
de no ser tenaz y llegar a este punto donde aún sigo intentándolo. Soy
consciente de que a veces me pongo muy cándida en mis letras, pero el
equilibrio debe ser terrible para entenderme y que me entiendan también, ¿sabe?
¿Un verso para repetirse siempre?
Serían demasiados para subrayar uno solo y
estaría traicionando la conmoción que me produjeron aquellos que juré serían
los únicos aunque siempre tenía la esperanza de que no lo fueran. Podría
recordar, sin embargo, en esa inquietud que produce el proceso creativo (un tema
al que caigo en bucle en casi todos mis libros) uno de Alejandra Pizarnik de El infierno musical: “Esta oscuro
y quiero entrar. No sé qué más decir (yo no quiero decir, yo quiero entrar)”
Otro sería el que llevo tatuado en mi brazo
izquierdo: Ni siempre ni jamás sino ahora (espero que me exculpen la
osadía del ego, pero es la piel la que me lo repite cada día).
¿Qué libro debe estar en todas las bibliotecas?
Todo libro debería ser una biblioteca, una
invitación a otras lecturas. Si le digo que El Quijote, se abrirían todas las
puertas. A mí me costó entenderlo, pero igualmente me costó la tabla de
multiplicar y las reglas básicas de ortografía y cálculo. Nadie pone en duda
esto último. Pero si dos y dos son cuatro y las palabras que empiezan por “her”
se escriben con h (menos Hernesto, hermita y hermitaño) no sé qué tiene de
complicado incluir en los programas de estudios que Alonso Quijano era el más
cierto soñador que daba -y lo seguirá haciendo- sopapos a todas las leyes
físicas, sintácticas y sociales. Pues
bien, hora pidamos que todas las bibliotecas y todas las librerías no cierren
esas puertas.
Amor, muerte, tiempo, vida…, ¿cuál es el gran
tema?
Todos son inevitables en la medida que una los
transita en algún verso y a la vez son un recorrido por cualquier obra, con
mayor o menor añoranza e intensidad. Al amor y la muerte le sobran las ganas de
redimirse a medida que se cumplen años. Yo creo que no hay una única cuestión
de fondo, aunque si nos analizáramos, reflotarían conceptos que conducirían a un
diagnóstico de paranoias individuales. Habría que tener al menos la prudencia
de no ponernos demasiado recalcitrantes o que no se note demasiado, ¿no cree?
Por respeto a lo que intento ser, lucho por cambiar obsesiones por otras menos
graves que me permitan respirar cómodamente. A veces, hasta creo que lo
consigo.
¿Qué verso de otro querría haber escrito?
Cuando leo algo que me produce una descarga
emocional indescriptible, reflexiono en el instante y las circunstancias que
hacen que esas palabras consigan obrar el prodigio y la
magnificencia de estar viva. Cualquiera de esos autores que señalé en un libro
alimentaba más la imaginación de ser ellos en ese trance mientras concebían el
poema. El mío no lo he escrito todavía.
Eso es precisamente lo que estimula mis ganas de seguir, aunque creo que ya
poco importa eso. Lo hago sin más y también con mis menos.
¿Escribir, leer o vivir?
Las dos primeras fórmulas son una manera más de
entretenerse en la última. Ya dije una
vez que vivir es muy entretenido y que después ni te acuerdas. Siempre tengo
una buena excusa para mantenerme ocupada, sólo me aburro cuando duermo y sueño
cosas que no me apetece hacer.
¿Dónde están las musas?
En cualquier sitio donde la belleza o la
conmiseración conviertan la abstracción de lo cotidiano en felicidad. Siempre me
encuentran desprevenidamente ociosa, olfativa, táctilmente primitiva. Luego
hay que convencerlas para que se dejen invitar a una copa y te seduzcan ellas a
ti con un poco de suerte. Si fallan los recursos, prueba a serte infiel, sé tú
la musa incorregible, la que dice las verdades a la cara. La primera vez te
llaman sinvergüenza. Las otras, hasta puede que te den las gracias. En el
fondo, todos somos herejes de nuestras propias circunstancias, pero gusta más
el estado confesional de lo positivo. Lo contrario simplemente, ni vende ni
interesa a la mayoría. Porque seamos claros, ¿a quién le gusta el reflejo de
sus miserias cada mañana en el espejo?
¿Qué no puede ser poesía?
No me considero con autoridad magisterial para decidir esto, pero personalmente no la
distingo en cualquier acto de injusticia, crueldad o sometimiento. Tampoco lo
que algunos autores se empeñan machaconamente en que lo sea, sobre todo si los
que escriben son ellos. No hace falta señalarlos, pero si tiene tiempo, le
muestro mi biblioteca cuando quiera.
¿Cuál es el último poemario que ha leído?
Siempre tengo a mano más de uno y algo en prosa.
Si no me persiguen los libros los busco yo, es un tormento delicioso, no crea.
Ahora mismo se alinean en mi mesilla de noche No estábamos allí de Jordi
Doce, publicado recientemente en
Pre-Textos y el de Rafael Saravia que saldrá en breve con la editorial
Bartleby. También reposan, como babel esencial impreso, la mayoría de los
títulos de Alejandro Céspedes al que he tenido la suerte de publicar como
directora de una colección en Amargord su Voces en Off, un libro
excepcionalmente único que cautiva en cada lectura, pues son una y a la vez
muchas las imágenes e historias que se confabulan dentro de un gran teatro que
es un libro. No exagero si digo que es un imprescindible (ahora va usted y lo
transcribe tal y como lo digo, es decir, lo que pienso, además de reclamar una
más que merecida atención por esos que dicen ser y estar en la verbena
referencial amojamada/enjabonada/enjamonada de la crítica). Vé?, ya me he
ganado unos cuantos enemigos, pero es que sigo creyendo en la justicia poética,
no tengo remedio. Ni lo quiero tener.
Si todos leyéramos versos, el mundo…
Me pone usted en un brete porque el mundo tal vez
necesitaría más gobernadores poetas que versos y si ponemos la radio, por
ejemplo, encontramos también poesía en las ondas. Y si vamos al cine, y si
visitamos un museo, y si cuidamos los bosques. De esto, por ejemplo, se pasó de
vueltas uno de los cantautores que más admiro. Leonard Cohen nos descubrió lo
inabitablemente hermoso en la memoria de los campos de trabajo, en el vertedero
de la historia. Con esto quiero decir que el acto de leer no tiene porqué ser
una imposición obligada, es el mundo el que dicta a la poesía y ahí es donde
interviene el poeta, como un sedal que conecta a éste y al lector. Tenga en cuenta que también hay una cierta
resignación disimulada en este oficio de catalizador de lo invisible, aunque
algunos se quejan demasiado o se trastornan antes de tiempo. Porque sí,
admitámoslo, los poetas también chochean y según su bagaje, les ampara cierta
condescendencia social, da igual la edad que tengan. Mire, pensándolo mejor,
nada de gobernantes poetas. Lo único que me gustaría - y esto también lo he
dicho en algún escrito virtual de las redes- es que ambos necesitamos creernos, o lo que es lo
mismo, sabernos leer.
Tres autores para vencerlo todo.
Antonio Gamoneda, Raúl Zurita, Juan Gelman. Hay
muchos más, cada día leo algo que podría hacer que el mundo se renovara así
mismo. Por contra, también llegan
noticias que hacen sentirme una derrotada en demasiadas causas.
Afortunadamente, siempre ha habido, y sigue habiéndolo, autores que luchan a
fondo para que no haya más patria que una sola, abriendo otras vías entre las
acacias y las alambradas, señalizando la razón con el agua limpia de todos los
océanos. Existen, desde el principio de los tiempos, abrazos sin código sanguíneo en la celebración de la vida. Y el perdón sobre todas las debilidades
del ser humano desde que se trazó el verbo ser. También sé que he vuelto a
añadir algún enemigo más por mencionar esos tres nombres, pero una también
necesita fortificarse en el miedo que produce una determinada posición. Lo más
triste, es que tengo la corazonada de que estamos apoyando lo mismo pero
confundimos el lenguaje de las mareas o el guión de los perdedores.
¿Papel y lápiz, teclado o smartphone?
Las dos primeras opciones son inherentes a mi
memoria desde que escribo. Los dispositivos pequeños son una verdadera
pesadilla para mis dedos y mis ojos. Ni qué decir tiene si además necesito de
la habilidad de un apunte que demanda algo tan sencillo como un papel y un
pluma. La tachadura es la que mejor expresa el criterio esencial de cualquier
escritor cuando tamizar la palabra se convierte en otro ejercicio caligráfico
necesario. De todos modos, cuando sea pequeña me gustaría saber manejar las
tres cosas. Y las que vendrán. Le he dicho ya que no me aburriría nunca, ¿verdad?
Genial, un abrazo.
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